Hilo rojo
Los olvidamos.
Los olvidamos.
Me dueles. Me dueles, te digo, y me lo repito para creérmelo pero no es verdad. Y sé que no es verdad. Es más fácil culparte a ti, pero es esta maldita hiel que me recorre por dentro. Es esta furia autodestructiva que vuelve a mí. Me dueles. Me dueles. Me dueles.
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Y gotas de sudor mojaban su espalda
y se deslizaban, lentamente,
adentrándose en su falda.
Calor...
El termómetro sube y no puedo hacer nada.
Me tumbo en el suelo, me abrazo a la almohada.
Y sale el sol...
Salía a la calle pisando con fuerza
sólo porque pensaba que no estaba despierta.
37...
Un trozo de hielo deshecho en los labios.
Versos perdidos que ahora te canto.
Ámame...
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-Bueno, ha estado bien... Oye, esto no significa nada, ¿verdad?
-No ha estado bien. Ha estado MUY bien. Y significa muchas cosas. Significa que no tenemos por qué seguir fingiendo que somos hermanos ¿no? Significa que se abren a nosotros nuevas posibilidades, significa que no volveremos a pasar la noche solos y calientes y, principalmente, significa que esta noche no vas a dormir solito en tu cama grande porque estoy muy cómoda y no pienso moverme. Si lo que te preocupa es que cambie nuestra relación... no cielo, no cambia nada. Tú no interfieras en mi caza y yo no interferiré en la tuya.
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Ahora que nos hemos conocido, por fin, después de tanto tiempo esperándote...
Ahora que por fin nos hemos conocido, déjame que te abrace, que te mire, que te observe...
Ahora que por fin nos hemos visto, déjame que acaricie tu piel, que persiga el trazado de tus venas a través de tus brazos. Deja que siga su tacto, tu agradable tacto, hasta donde me lo impida la ropa.
Y entonces, ahora que nos hemos conocido, que te tengo a mi lado, déjame que, poco a poco, vaya retirando cada una de tus prendas. Déjame que, poco a poco, vaya retirando cada una de mis prendas.
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Ayúdame a probarme estos vestidos. Mientras me los voy poniendo me ayudas a colocar los otros.
¿Qué te parece este? Me gusta el vuelo que tiene, mira, fíjate. Con un par de vueltas casi se me ve la ropa interior. Bueno, siempre puedo prescindir de ella, ¿no?
Mejor me lo quito.
¿Y este? A lo mejor tiene demasiado escote, ¿no? ¿Tú que dices? Bueno, siempre puedo buscar un sujetador de esos que realzan. Grrr...
Veamos veamos...
Este negro me gusta, realza mis curvas.
Este verde me gusta, realza mis ojos.
Este rojo...
¿Perdón?
¿Que no te gusta ninguno?
Lo siento, querido, no pienso ir sin vestido...
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El caballero comenzó a colocar las piezas de su armadura. Unos segundos más tarde entró en el cuerto su escudero. Apenas echó una mirada a la cama en la que la dama se escondía temerosa entre las sábanas. No quería molestar al caballero, obviamente. Y además, resultaba inútil. A fin de cuentas, sabía qué iba a pasar.
En cuanto el caballero acabó de colocarse la última pieza, o más bien en cuanto el escudero terminó de colocarle la última pieza de la armadura al caballero, observó cómo salía del cuarto sin siquiera regalar una última mirada a su esposa. Estaría allí a su vuelta, como siempre, ¿para qué dignarse en darle más atención de la justa? Los dos hombres salieron del cuarto y se encaminaron al campo de entrenamiento.
-No necesito tu sucia presencia aquí. Yo solo me basto para entrenar y lo sabes. ¡Largo!
El escudero se inclinó y se dió la vuelta antes de sonreír para sí mismo. La próximas horas las pasaría en la cama de la dama, al amparo de sus sábanas, de su fingida timidez, de sus labios de fresa y su mirada de depredador. Se amparó en sus caricias y se inclinó ante sus deseos. Recorrió sus curvas y sus rectas. Se regodeó en su placer, en sus sentidos, en las caricias de su lengua y en sus besos ardientes. Sus suspiros y sus gemidos se ahogaron entre las sábanas y el sudor de su espalda brilló con la luz de la tarde. Ella era su verdadera señora. Ella era su única señora.
-¿Dónde estabas, perro? Llevo media hora buscándote. Ayúdame a quitarme esto. ¡Y luego esfúmate! No sé a qué te dedicas en estas horas... pero...
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